Estas páginas no cuentan la crisis de la democracia peruana: la dibujan, la desarman y la hacen reírse de sí misma. Desde 2016, Andrés Edery acompaña el derrumbe como un violinista lúcido en pleno Titanic: sin solemnidad, con humor afilado y una puntería quirúrgica. Más que personajes, caricaturiza mecanismos; más que chistes, revela procesos. Otra vez, Andrés es catarsis, memoria y revelación gráfica. Un oasis para entender el caos, reírse del espanto y comprobar que, mientras todo se cae, el humor sigue en pie.