Esta cuarta edición incluye un nuevo capítulo donde la autora sugiere que, para un grupo social, Lima sigue siendo una gran Casa Real, donde los habitantes de su élite se conocen o se emparentan, donde sus delincuentes son tratados benignamente como pecadores o personas desorientadas, y cuyo poder e influencia se mantienen intactos no importa quién esté en el comando del país; un país al cual se le vendió la ilusión de que con los estudios en institutos y universidades académicamente precarias y un par de centros comerciales con patio de comidas se avanzaba a la igualdad.